El pique de su vida: capturó una trucha de casi 7 kilos y un metro de largo

Sucedió en las aguas del río Mari Menuco, en la provincia de Río Negro.

Como todo pescador, el mito que parte de una media verdad termina convirtiéndose en una exageración desmesurada de la que ni propios ni ajenos adjudican veracidad.

Es usual en el medio que algunos avezados amantes de la pesca se atribuyan grandes hazañas o proezas de las que no hay registro despertando hasta la incredulidad de amigos y familiares que a modo de burla piden al protagonista de la epopeya el ticket de la pescadería.

Hasta que un día, lo inverosímil sucede y para colmo hay imágenes que lo comprueban.

Eso mismo sucedió  en Río Negro, mas precisamente en aguas del río Mari Menuco, cuya población homónima se encuentra a 70 km de la ciudad de Neuquén.

Allí en una tarde de sol ideal para la práctica de deportes al aire libre, tuvo lugar la captura de una trucha de 6,895 kilos y 84 cm de largo, ante la sorpresa de su captor Juan Ignacio Campi en aguas donde abundan el pejerrey patagónico y otras especies como la perca.

Si bien no es habitual ver por aquí truchas arcoiris, hace 6 años apareció una de 4 kilos desterrando la idea acerca de su existencia en el Mari Menuco.

Atento a aquel episodio, Campi se lanzó a la aventura con su kayak cuando lo imprevisto sucedió y así lo relata:

“Giré sorprendido por el ruido del reel para ver el posa caña trasero: la caña iba doblada hasta al límite y mostraba toda su resistencia. “Al fin un pique”, pensé después de 4 largos meses sin capturar nada. Tomé la caña con las dos manos y al realizar la clavada el kayak se giró 90 grados. “Esto es algo grande”, pensé. Volví a concentrarme ya que tenía un mayor problema: el pez seguía corriendo, el freno estaba presionado y me quedaba muy poca tanza en el carrete.

“Frenando el carrete con la mano y levantando la caña logré frenar la corrida de esa bestia del lago que había decidido subir de las profundidades a alimentarse y se cruzó con aquel señuelo recién colorido con olor a pintura fresca. La pelea fue muy intensa, con largas corridas de 40 metros que solo lograba frenar con mi mano. Pero aquel pez seguía sin mostrarse, levantado casi en peso muerto desde el fondo con mucha acción de la caña, finalmente pude ver qué había del otro lado de la línea”.

“Era una inmensa trucha marrón que me erizó la piel e hizo que me corriera un escalofrío desde la nuca a la punta de los pies (que tenía ya congelados por el agua) al ver a semejante bicho nadando al lado de mi kayak”.

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